Iglesias Cristianas de Dios

 

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¿Que es el Espíritu Santo?

 

(Edición 2.0 20021102-20061227)

 

 

El Espíritu Santo es un poder de Dios y no un ser o persona separada. Es el medio por el cual podemos conocer al Único Dios Verdadero y a su Hijo Jesucristo. Entonces también es el medio por el cual nos hacemos hijos de Dios a partir de la resurrección de los muertos.

 

 

Christian Churches of God

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 (Tr. 2005)

 

 

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Cuál es el Espíritu Santo

 


Para entender lo que es el Espíritu Santo debemos conocer al Único Dios Verdadero (Eloah) y a Su hijo Jesucristo. De la Biblia veremos como el Padre y el Hijo están relacionados o conectados a través del Espíritu Santo. Veremos que Dios da Su Espíritu también a los humanos.

 

El Espíritu no es una persona o un ser separado. Unos dicen que Dios está formado de tres partes. Se dice que estas partes son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. A esto se le llama la doctrina de la Trinidad. Esta enseñanza está equivocada y es completamente falsa. Las Escrituras revelan que Dios es UNO y no tres (Deut. 6:4; Efesios 4:6). El Espíritu Santo es el Espíritu de Dios (Rom. 8:14). Dios nos da Su Espíritu de modo que nosotros podamos conocerlo y crecer para parecernos más a Él (2Pedro 1:3-4).

 

A veces se piensa del Espíritu Santo que es un como un espíritu. Esto suena como que es algo de lo que nos podríamos asustar. Pero el Espíritu Santo no vendrá atravesando las paredes para atraparnos o a hacer ruidos por la noche. No anda por ahí con una sábana blanca encima para asustarnos. Él trabaja en nuestros corazones y mentes. No es nada a lo que debemos tener miedo. Dios no nos da un espíritu de miedo, si no de poder y amor (2Timoteo 1:7).

 

El Espíritu Santo es llamado al ayudante (consolador) (Juan 15:26). Nos ayuda a entender la Biblia y las cosas de Dios. Nos enseña la verdad (Juan 14:16-17, 26; 16:13; 1Juan 4:6; 5:6). Sabe todas las cosas (1Cor. 2:10-11). El Espíritu Santo es el medio por el cual nos hacemos hijos de Dios (Gálatas 4:6-7; Romanos 8:14). Cristo nos ayuda, nos enseña y nos consuela a través del Espíritu Santo. Es realmente el poder de Dios que vive en nosotros y en Cristo. Viene de Dios y luego a nosotros a través de Cristo. Es como una fuerza que nos mueve hacia Dios a través de Cristo (Hebreos 7:25). Es invisible.

 

El Espíritu hablará por nosotros cuando estamos en problemas. Pondrá pensamientos en nuestra mente y palabras en nuestra boca. El Espíritu es capaz de hablar a través de nosotros (Mateo 10:19-20).

 

Dios da el Espíritu Santo a aquellos que lo piden (Lucas 11:9-13). Pero nosotros debemos de obedecerle a Él. El Espíritu vive en aquellos que guardan los mandamientos de Dios (1Juan 3:24; Hechos 5:32).

 

Cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y somos bautizados, recibimos el Espíritu Santo en nosotros (Mateo 28:19; Hechos 2:38). Para mostrarnos que esto pasa, uno de los ministros de Dios pone las manos sobre la cabeza de la persona bautizada. Las manos del ministro no nos dan el Espíritu. Él es un hombre y no tiene ningún poder propio para hacer esto. Sólo significa que él le pide a Dios que le dé a aquella persona el Espíritu. A partir del bautismo comenzamos un nuevo viaje viviendo del modo que Cristo lo hizo.

 

Como cristianos, debemos vivir del modo que Cristo y los apóstoles vivieron. Sabemos que ellos guardaron el Sábado y las Fiestas (Hechos 2:1, 20:6, 27:9; Colosenses 2:16). No sólo es suficiente saber lo que Dios dice en la Biblia, si no que debemos hacer todo lo que Dios manda. Cuando tenemos el Espíritu de Dios y vivimos del modo que Él manda, comenzamos a mostrar los frutos del Espíritu Santo. Podemos leer sobre esto en Gálatas 5:22-23. El amor es el fruto principal, pero todo esto comienza con la verdad (1Corintios 13:13).

 

No recibimos el Espíritu por hacer buenas obras. Sin embargo, nosotros todavía tenemos que hacer buenas obras y obedecer las Leyes de Dios aún con el Espíritu Santo presente en nosotros (Santiago 2:14-18). De hecho con el Espíritu Santo en nosotros querremos hacer buenas obras y obedecer Dios. Si somos demasiado jóvenes para ser bautizados, todavía el Espíritu Santo cuidará de nosotros hasta que seamos adultos, si es que tenemos padres creyentes. Pero debemos obedecer a nuestros padres en el Señor (Efesios 6:1-2).

 

Cristo dijo que él estaba en Dios y Dios en él (Juan 17:21-23). Éste puede pasar únicamente con el Espíritu Santo de Dios. Así es que cuando tenemos al Espíritu Santo, Dios está en nosotros y Cristo está en nosotros (1Juan 4:13). Esto es la forma que Dios estará todo en todos, algún día (Efesios 4:6; 1Corintios 15:28). Pero para entonces todos seremos seres espirituales y ya no gente de carne y hueso.

 

El Espíritu Santo es el eslabón que nos une a todos nosotros. Recuerde, el Espíritu Santo no es algo que nosotros podemos sentir o tocar con nuestras manos. Sabemos si está presente o no, de lo que pasa en nuestras mentes y por la forma cómo nos comportamos (Gálatas 5:16-18).

 

Tener el Espíritu significa que podemos hablar con Dios a través de la oración. Cuando oramos, deberíamos orar al Padre, pero siempre pidiendo por cosas en el nombre de Su hijo Jesucristo (Mateo 6:6, 9-13; Lucas 11:12). Podemos ir ahora y hablar con Dios el Padre directamente a través del Espíritu Santo. Debemos rendir culto a Dios en espíritu y en verdad (Juan 4:24).

 

Si no sabemos por qué orar, el Espíritu Santo nos ayuda orando por nosotros. Es hecho con tal sentimiento que no hay palabras para describirlo (Romanos 8:26). Dios siempre sabe lo que está dentro de nuestros corazones y mentes, entonces Él sabe lo que el Espíritu está diciendo por nosotros. Sólo pedirá las cosas que están en armonía con la voluntad de Dios (Romanos 8:27).

 

Cristo refleja cómo es el Padre. Él actúa y habla por Dios porque él tiene al Espíritu Santo de Dios morando dentro de él (Juan 3:34). Pero él no es el mismo ser que el Único Dios Verdadero. Él es un ser separado y fue creado por el Padre y enviado aquí para ser hombre durante un corto tiempo (Juan 5:23). Tanto el Padre como el hijo existen como seres separados, pero se dice que ellos son uno porque ellos comparten la misma naturaleza a través del Espíritu Santo. Cristo dijo: "si me han visto, han visto al Padre" (Juan 14:9).

 

El Espíritu Santo nos reúne a todos juntos para formar el Templo de Dios (1Corintios 3:16; 6:19). Dios nos llama dentro del Reino de Dios para trabajar. No es porque somos especiales o buenos. El Espíritu nos da a todos un regalo especial o talento, para que podamos trabajar juntos como un cuerpo. Un cuerpo está formado de muchas partes. Cada parte del cuerpo como los brazos, las piernas, los ojos y los oídos, todas trabajan juntas. Nada trabaja independientemente. Entonces tenemos que ayudarnos el uno al otro en el trabajo de la iglesia con amor y poder del Espíritu Santo.

 

No podemos entrar en el reino de Dios a menos que nazcamos otra vez. Esto pasa cuando somos bautizados y recibimos el Espíritu Santo. Entonces nacemos del espíritu y se dice que nuestro anterior estilo de vida está muerto (Juan 3:3-6). Aquellos que se quedan en la carne no pueden complacer a Dios. Entonces si tenemos el Espíritu Santo en nosotros, pertenecemos a Cristo y él vive en nosotros y Dios vive en nosotros de la misma manera (Romanos 8:8-10).

 

Entonces el Espíritu nos da una nueva vida. Somos todavía humanos, pero constantemente estamos siendo cambiados para mejor. Nos estamos pareciendo a la imagen de Cristo, que es la imagen de Dios. Estamos siendo transformados a través del Espíritu Santo para ser más perfectos y santos como Dios. Después del bautismo, no debemos volver a nuestro antiguo estilo de vida (Efesios 4:17-24).

 

El Espíritu Santo nos dirige mostrándonos lo que Dios quiere de nosotros. Luego nos ayuda a lograrlo. Queremos complacer a Dios. Es así que nos da un nuevo corazón y una nueva mente. Nuestros cuerpos todavía se ven iguales, pero nuestros pensamientos y acciones cambian.

 

El Espíritu nos abandonará si volvemos a pecar. Cuando se nos da el Espíritu, comenzamos a saber más sobre el Único Dios Verdadero y Su plan para nosotros. Pero si comenzamos a pecar, empezamos a perder algunas de las cosas maravillosas que ya conocíamos (2Timoteo 1:13-14). Cuando pensamos y hacemos cosas que a Dios no le gustarían, sabemos que el Espíritu se retira de nosotros. Dios dijo que Él nunca nos abandonaría o nos olvidaría (Deut. 31:8; 1Reyes 6:13; Isaías 42:16; Hebreos 13:5) pero el Espíritu se puede apagar o puede afligirse (1Tes. 5:19; Efesios 4:30).

 

El Espíritu es el medio por el cual adoramos a Dios (Filipenses 3:3). Por lo tanto, el Espíritu no es Dios y no adoramos al Espíritu. Tampoco adoramos a Jesucristo orándole a él. Si sabemos que Jesús es el Hijo de Dios, Dios está en nosotros y estamos en Él a través de Su Espíritu (1Juan 4:15).

 

La gente del Antiguo Testamento también conocía al Espíritu de Dios. Ellos tenían la presencia del Ángel de Yahovah. Sabían que el Ángel no era el Único Dios Verdadero que les habló directamente y a quien ellos vieron. Como sabemos, este Ángel de la Presencia de Dios, que estaba con Moisés e Israel en el Desierto, nació después como el ser humano Jesús (vea el artículo ¿Quién es Jesús? [CB2]).

 

A todos los Profetas los visitó el Espíritu de Dios en sueños o visiones, o les habló el Espíritu, a través del Ángel de Yahovah. El Señor vino a Abraham en una visión (Génesis 15:1); el Señor llamó Aarón y Miriam (Números 12:6); el Espíritu de Dios vino hacia Balaam (Números 24:2); el Señor llamó a Samuel (1Samuel, capítulo 3). Isaías vio una visión (Isaías 1:1). La palabra del Señor vino a Jeremías (Jeremías 14:14). Ezequiel vio visiones de Dios (Ezequiel 1:1). Daniel recibió una visión (Daniel 2:19) y así fue con todos los profetas del antiguo (ver también Hebreos 1:1-2; 2Pedro 20:20-21).

 

La Biblia también habla de otro espíritu en el hombre. Éste es un espíritu diferente al Espíritu de Dios. Se parece a nuestro aliento. Es un regalo de vida que nos da Dios (Zacarías 12:1). Pertenece a Dios (Génesis 6:3; Job 11:11, 27:3; Proverbios 20:27). Cuando morimos, el espíritu del hombre nos abandona (Salmo 146:4). Se vuelve a Dios (Ecl. 12:7). Cuando Dios hizo a Adán Él respiró en sus ventanas de nariz el aliento de la vida; Y el hombre se convirtió en un ser viviente (Génesis 2:7; 1Corintios 15:45).

 

Entonces este espíritu en el hombre no es un alma que vive en el cielo después de que morimos. La Biblia dice que el hombre se convirtió en un alma viviente o una persona. Este alma puede morir (Ezequiel 20:18). Cuando la Biblia habla del alma, realmente está hablando de la vida del cuerpo. El alma puede significar una criatura, o un hombre o la vida. Ambos, animales y hombre, mueren la misma muerte, pero el hombre vivirá otra vez. De tal forma, el espíritu del hombre es lo que nos hace diferentes a los animales.

 

No podemos ver el espíritu del hombre más de lo que podemos ver nuestro aliento. Pero podemos sentir nuestro aliento si soplamos a nuestra mano. Del mismo modo, no podemos ver el Espíritu de Dios, pero sentimos su presencia en nosotros, porque queremos obedecer Dios. El Espíritu de Dios se parece a la brisa o al viento (Juan 3:8). Del mismo modo es como el aliento.

 

Piense en la manera como el viento llena las velas de un barco de vela. Esto ayuda a empujar el barco en la dirección correcta. Podríamos decir también que cuando nuestros corazones y mentes se llenan del Espíritu Santo también somos empujados en la dirección correcta. El Espíritu Santo es la fuerza impulsora que nos ayuda a vivir el camino de Dios.

 

Cuando Jesús moría sobre la estaca, él llamó a su Padre en el cielo: "Padre en sus manos cometo mi espíritu". Cuando él dijo esto, respiró su último aliento y murió (Lucas 23:46). Entonces éste sería el mismo espíritu que todo ser humano tiene, el cual vuelve a Dios al morir. Él ponía su vida en las manos de su Padre. Jesús sabía que si él fuera a vivir otra vez después de su muerte humana, sólo el Padre podría darle la nueva vida. Entonces, por el Espíritu Santo, Dios levantó a Jesús de entre los muertos (Hechos 3:32-33). Del mismo modo, nosotros seremos levantados o resucitados de entre los muertos para vivir otra vez (Romanos 8:11).

 

Jesús hizo lo que el Padre quiso que él hiciera (Lucas 2:49). Él dijo que él no podría hacer nada sin el Padre (Juan 5:30). Él fue como la presencia de Dios porque él habló por Dios y llevó la autoridad de Dios. Por la sabiduría del Espíritu Santo, Cristo fue capaz de enseñar a sus discípulos muchas cosas sobre Dios y sobre cosas que pasarían en el futuro. Pero sin el Espíritu Santo, los discípulos de Cristo y nosotros hoy no podríamos completamente entender estas cosas.

 

El Espíritu Santo es el poder de Dios, que Cristo prometió enviarnos (Juan 16:7). Antes de que Jesús dejase a sus apóstoles por última vez para volver a su Padre (Hechos 1:10-11), él les dijo que no dejen Jerusalén, hasta esperar la promesa del Padre. Él oró al Padre para darles otro Ayudante (Juan 14:16-17). Él les estaba diciendo que ellos recibirían el Espíritu Santo del Padre (Juan 15:26). Éste era su modo de decir que él estaría todavía con ellos porque ellos tendrían al Espíritu de Dios como él lo tuvo.

 

Entonces, cuando ellos se reunieron para la Fiesta de Pentecostés, la cosa más asombrosa pasó. Había un sonido como de viento fuerte y una lengua de fuego se posó sobre cada uno de ellos. Ellos se llenaron del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en muchas lenguas diferentes (Hechos 2:1-4). Éste sólo era un símbolo del poder que ahora tenían. El fuego no les hizo daño.

 

El Espíritu les enseñaría sobre las cosas en el futuro, justo como Cristo lo hizo cuando estuvo con ellos en persona (Juan 14:26; 16:13). Por el Espíritu Santo, Cristo les ayudaría a ser fuertes en la fe y a establecer la Iglesia de Dios. Ahora tenemos que seguir con este trabajo hasta que Cristo vuelva para poner en orden nuevamente este planeta. Entonces todos nosotros estaremos obedeciendo las Leyes de Dios.

 

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